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El neoliberalismo, ¿un nuevo paradigma o una estafa científica?


El modelo económico liberal, que es el que impera en el mundo desarrollado en los últimos cuarenta años y que, junto con las tecnologías de la información y comunicación, ha llevado a la globalización económica, está generando un peligroso movimiento populista y xenófobo en los centros motores donde se originó.
Transitar por Eurolandia 18 de junio de 2018 Enviar a un amigo
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Hasta la crisis económica de los setenta del pasado siglo, el keynesianismo constituyó la doctrina oficial del sistema capitalista. A partir de la misma, se le ha intentado desacreditar desde los frentes políticos y económicos más conservadores aduciendo que sus postulados no eran apropiados para luchar contra dicha crisis porque ésta había sido provocada por factores de oferta, cuestión que no resuelve el modelo keynesiano. Lo que procedía, en la nueva situación, era eliminar las rigideces que atenazaban a la economía y para lo cual lo más adecuado era su desregulación y la disminución del peso del sector público. Había llegado la hora de la Escuela de Chicago, con Milton Friedman a la cabeza, cuyas ideas fueron expuestas, entre otras publicaciones, en su afamado libro Capitalismo y libertad (1982).

Capitalismo y libertad pasaría a ser el catecismo del pensamiento económico conservador-liberal y el orientador de las políticas monetaristas que durante algún tiempo siguieron la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco de Inglaterra, aunque pronto las abandonaron por inconsistentes. También influyó en los organismos internacionales más liberales radicados en Washington (Fondo Monetario Internacional –FMI- y Banco Mundial -BM-) y en algunos gobiernos -incluso con el asesoramiento directo o indirecto del propio Friedman- entre otros, el de Pinochet de Chile y el de Islandia; y en ambos con resultados bien conocidos: dictadura y torturas en el primer caso, y bancarrota, en el segundo.

Aunque los liberales de Chicago han hecho algunas aportaciones teóricas de relieve, sobre todo en la teoría del consumo y del comportamiento de la inflación, en realidad ni Milton Friedman, ni en general la Escuela de Economía de Chicago, han desarrollado un modelo teórico propio. Se han limitado a recuperar el modelo clásico (de Smith, Ricardo y otros) revestido de un nuevo ropaje ideológico que se basa más en creencias que en postulados firmes. En Capitalismo y libertad, Friedman sostiene que la organización de la actividad económica en un capitalismo competitivo ha de sustentarse en empresas privadas y en valores e instituciones políticas favorables a la libertad en el más amplio de los sentidos, ya sean económicas o políticas; en otras palabras, que un capitalismo sin libertades políticas está condenado al fracaso. Chile en el pasado o China en la actualidad, son buenos ejemplos de la falsedad de tales argumentos.

Los neoliberales defienden un mercado libre universal con las menores interferencia posibles del Estado, excepto en mantener un estricto control monetario y que se cumplan los contratos. Tales libertades se extienden a todo tipo de mercados, ya sean de bienes, financieros, de trabajo, educación, sanidad o incluso de drogas. Todo se confía al principio de eficiencia de los mercados y a la teoría de las expectativas racionales. Lo que dicho modelo esconde es la defensa a ultranza del capital frente al trabajo (se oponen a los sindicatos y otros colectivos organizados para la defensa de sus intereses), en la lucha tradicional que mantienen en su reparto de las renta.

El mundo económico y social de los setenta del pasado siglo difería mucho del siglo XIX, panacea del liberalismo en la práctica económica y del capitalismo salvaje presidido por el principio darwiniano en la selección natural del más fuerte. Lo más significativo del modelo clásico era que tal estado de cosas se consideraba como lo normal y que toda desviación de esta conducta se consideraba una anomalía. En Francia, Inglaterra y en otros países, se hizo famosa la pregunta que a finales del siglo XVII hiciera el ministro de Luis XIV, Colbert, al comerciante Legendre: ¿Qué podemos hacer para ayudaros? Laissez-nous faire (dejarnos hacer), fue la respuesta de Legendre.

El modelo clásico murió con Keynes quien rebatió sus postulados esenciales, como la ley de Say, que presupone que toda oferta genera su propia demanda: cuando se produce un bien o un servicio también se generan los medios para, a través del dinero o del trueque, poder intercambiarlo por otros. Lo que procedía en esta situación era no dejar recursos ociosos, es decir, que todo lo que se ahorrase fuese invertido inmediatamente, permitiendo al sistema económico funcionar a plena capacidad en el uso de los recursos. Keynes demostró que esta teoría no se sostenía, sino más bien la contraria: era la demanda la que, en gran medida, determinaba la producción: allí donde se producía demanda se generaba oferta; y el dinero tampoco era, como sostenían los clásicos, solo un medio de pago sino también un depósito de valor que el ahorrador invertía donde más rentabilidad encontraba y que a veces se mantenía ocioso esperando nuevas oportunidades de empleo.

El sistema económico imperante en el siglo XIX se basaba en una desigual distribución social de la renta y la riqueza. De ello infería Keynes que las clases pudientes ahorrasen y acumulasen más que las pobres, a lo que añadía que también tenían más imbuido el espíritu de ahorro que el de consumo. En Las Consecuencias Económicas de la Paz, escribe que “Los ricos nuevos del siglo XIX no estaban hechos a grandes gastos, y preferían el poder que les proporcionaba la colocación de su dinero a los placeres de su gasto inmediato”.

Un siglo después, este tipo de ahorrador individualista y avaro había sido sustituido por empresas organizadas en sociedades en las que sus dirigentes -al menos en las empresas medianas y grades- ya no eran sus propietarios sino altos ejecutivos a sueldo que apenas arriesgaban nada. A esto hay que añadir otros dos nuevos factores: por una parte, había surgido, al menos en el mundo desarrollado, una amplia sociedad de clases medias con gran capacidad de consumo que ahorraba -si tenía excedentes de renta- e invertía en activos de diversos grado riesgo; y, por otra, unos Estados dotados de potentes sectores públicos que intervenían directamente en la economía ya fuese regulándola o incluso participando activamente en la misma a través de empresas públicas.

La vieja euforia del modelo clásico y neoclásico fue cediendo terreno hasta la PGM y, a partir de la SGM, fue relegada a reducidos ámbitos académicos de muy escasa influencia. A ello contribuyeron tres grandes factores. En primer lugar, el auge del proteccionismo en Europa, lo que se produjo como consecuencia de la política militarista, los problemas raciales, la monopolización creciente de la economía, las reivindicaciones sociales y las diferencias de renta y riqueza entre los Estados, problemas que fueron generando una escalada progresiva de proteccionismo en la mayoría de los países europeos que, durante el período de entreguerras (1914-1945), derivó en el más puro bilateralismo con el establecimiento de todo tipo de barreras al comercio y las inversiones. En segundo lugar, al surgimiento de modelos económicos más intervencionistas como fueron la planificación centralizada en la Unión Soviética o el corporativismo nazi-fascista en Alemania, Italia y otros países. Y en tercer lugar, aunque ya a partir de la SGM, la explosión de la teoría keynesiana que hacía compatible un nuevo capitalismo de rostro humano con la democracia. De ese capitalismo más democrático y redistribuidor surgiría una de las principales conquistas sociales: el Estado de bienestar.

Las ideas keynesianas estuvieron vigentes en la práctica económica, como se ha dicho, hasta la crisis de los setenta del pasado siglo y fue el modelo imperante en Europa Occidental y en otros países desarrollados. Con las diversas crisis que surgieron en los inicios de dicha década: la financiera (con el desmantelamiento del sistema monetario de Bretton Woods, por Nixon), del petróleo (por la OPEP) y otras materias primas (provocadas por Estados Unidos), renacieron con fuerza las teorías liberales criticando sin piedad el keynesianismo al que se responsabiliza de las mismas (por poner su acento en la demanda). Nuevamente se vuelven los ojos a la teoría de la oferta: a la desregulación de la actividad económica para limar rigideces.

Además de los demoledores efectos de la crisis económica de esos años, el triunfo del neoliberalismo también fue facilitado por la desmembración de la URSS, tras la caída del Muro de Berlín en 1989. En ese coyuntura de un mundo unipolar, regido por Estados Unidos, los nuevos programas económicos liberalizadores de de Reagan y Thatcher, ambos muy influenciados por Milton Friedman –fue asesor del primero-, se convirtieron, a través del llamado Consenso de Washington, en la doctrina económica oficial avalada por los principales organismos económicos internacionales. Teoría que debía aplicarse en todas partes, comenzando por los países en desarrollo y más específicamente en América Latina.

El recetario económico del Consenso de Washington se fundamentaba en los siguientes principios: disciplina presupuestaria basada en la disminución de tipos impositivos y en el control del gasto público; liberalización de los tipos de interés, de los tipos de cambio, del comercio internacional y de las inversiones extranjeras; privatización de las empresas públicas; desregulación de la actividad económica y salvaguardia y garantía de los derechos de propiedad (al inversor debería garantizársele que su propiedad no sería expropiada y que los créditos serían devueltos).

La desregulación de la actividad económica y la privatización de empresas públicas, que fueron fenómenos paralelos en el tiempo, se pusieron de moda desde que Thatcher y Reagan las introdujeron en el Reino Unido y Estados Unidos, respectivamente. En este proceso primaron factores ideológicos frente a los económicos, con independencia de que se tratara de revestir de ciertos argumentos de racionalidad económica. Está al alcance de cualquiera que observe la realidad que le circunda, que cuando se produce la privatización de servicios importantes para los ciudadanos, como son los financieros, las telecomunicaciones, los energéticos, etc. se generan indefectiblemente tres efectos inmediatos: deterioro en la calidad de su prestación, encarecimiento del su precio y reducción del empleo; y los efectos negativos se incrementan cuando tales privatizaciones se extienden a servicios básicos como la educación, la sanidad y otros similares. En la práctica generalidad de los casos, la libertad del consumidor se limita a elegir entre empresas oligopolistas, con contratos de adhesión que contienen cláusulas trampa que casi nadie lee.

Los propagadores teóricos de las virtudes de las privatizaciones y de la economía liberal son, por lo general y salvando las excepciones que admite de toda regla, predicadores a sueldo de grandes corporaciones o de grupos de intereses que defienden el liberalismo para los demás pero no para ellos (curiosamente la mayoría depende -directa o indirectamente- del sector público al cual atacan). Frente a las teorías más o menos intervencionistas, del desarrollo sostenible (por ejemplo del cambio climático), defienden sin fisuras la globalización económica, es decir, un capitalismo sin trabas en el que quede clara la preponderancia del capital frente al trabajo. Utilizando los muchos medios a su alcance, que son muchos, han logrado una ola de popularidad que han acabado reconvirtiendo a su causa a gran parte de los más fieles ortodoxos del pensamiento económico keynesiano.

Si bien la globalización es un hecho evidente e imparable por efecto de las nuevas tecnologías en muchos campos de la actividad económica y de la vida social, en otros es un puro espejismo que encubre significativas carencias.

La globalización económica se ha producido con toda intensidad en el sector financiero, gracias a la libre movilidad de los capitales; pero -no obstante su incremento-, es mucho menor en el comercio internacional de bienes y servicios; y prácticamente inexistente en la libre circulación de las personas por razones de trabajo, donde las trabas para los no cualificados son muy importantes (y literalmente se han convertido en murallas para los procedentes de países menos desarrollados). En el interior de los Estados, la liberalización sin límites del mercado de trabajo está llevando a su absoluta precarización, tanto en la seguridad en el mismo –salvo en la parcela del sector público- como en salarios, que son cada vez más desiguales: mientras que para una minoría son muy elevados, para la inmensa mayoría de los trabajadores se han reducido de manera considerable.

En fin, la globalización, entendida como un espacio sin fronteras para las libertades económicas de circulación, es muy desigual entre ellas y también lo es en su expansión geográfica. Mientras que, paradójicamente, en EE.UU. y RU, iniciadores de la liberalización, ha tenido algunos efectos negativos, como, por ejemplo, una considerable deslocalización de empresas en busca de reducción de costes (de mano de obra, medioambientales y otros), ha beneficiado a otras economías calificadas de emergentes, casos de China o India, que se han convertido –junto con Rusia- en nuevos bloques económicos. Con la globalización, el mundo ha dejado de ser unilateral –o incluso bilateral- y ha pasado a convertirse en multilateral.

En estas circunstancias, ante el miedo que ha generado la inmigración y, en general los efectos de la globalización, justamente en los países donde se generó (Estados Unidos y Reino Unido, y que también se ha extendido a otros países de la Unión), ha llevado a convertir a muchos de sus políticos y economistas, antes liberales, en defensores del proteccionismo, del populismo y hasta de la xenofobia. Los mejores ejemplos son, sin duda, el triunfo del Brexit en el Reino Unido y la elección de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos. Pero estas transformaciones exceden los límites que aquí nos hemos marcado y son parte de otro capítulo que necesita de reflexión específica.

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